sábado, 1 de noviembre de 2008

El haragán del siglo

Era 1905, un nuevo siglo arrancaba. En París y Nueva York la gente aprendía a usar un oscuro transporte subterráneo llamado Metro, en los Alpes se construía el túnel ferroviario más largo del mundo para unir Suiza con Italia, en Panamá se intentaba emparentar al Atlántico con el Pacífico, en Estados Unidos la reciente Ford Motor Company prometía automóviles para todas las familias y, en Gran Bretaña acababan de inventar unos tubos vacíos que más tarde serían conocidos como bulbos. Hacía cuatro años que Marconi había logrado mandar el primer mensaje transatlántico sin necesidad de cables. Hacía tres años que la primera película con efectos especiales, Viaje a la Luna, se había estrenado en Francia. Y hacía menos de dos años que dos hermanos habían utilizado un cachivache con forma de andamio acostado para completar el sueño de Leonardo da Vinci. La humanidad había comenzado a volar.

Sin embargo, el corazón humano permanecía bien anclado en tierra. La abuela de Europa, la Reina Victoria, acababa de morir y el Kaiser Guillermo había sumido a Alemania y a Gran Bretaña en una carrera armamentista por el control de los mares. Los bolcheviques habían roto el Congreso Socialdemócrata de Londres y con las armas en la mano se proponían fundar la primera república socialista en Rusia. El gran imperio Otomano se derrumbaba y no pasarían diez años antes de que las potencias europeas entablaran la primera guerra mundial para repartirse los pedazos.

Mientras tanto, en Suiza, un joven de 26 años enviaba cinco artículos cuya publicación cambiaría por completo los rostros del Universo: la luz, el espacio y el tiempo. Este joven padre de familia no era nada especial ni sobresaliente, todo lo contrario, era sólo otro tipo inconforme estancado en un empleo mediocre. Tenía grandes expectativas, eso no se puede negar, pero también tenía ya varios errores que lo habían alejado de sus sueños, sin un puesto en la Universidad, sin becas para investigar, sin un lugar seguro para su familia.

Había nacido en Ulm, Alemania, pero renegaba de su nacionalidad y había gastado buen dinero en los trámites para obtener la nacionalidad suiza. Sus padres eran judíos pero él no había hecho su Bar Mitzvah, así que técnicamente no era judío. Estudió en una escuela católica pero no profesaba ninguna religión. Su padre le había inculcado el gusto por el conocimiento en su taller de aparatos eléctricos pero él no era bueno para lo experimental, le gustaba lo teórico. Había vivido feliz en Suiza, con la Familia Winteler, donde se enamoró de Marie pero no pudo casarse con ella. Más tarde escribiría: “Nunca he pertenecido por completo al Estado, ni a la patria, ni al círculo de amigos, ni siquiera a la familia íntima, sino que, con todas estas obligaciones y respecto a ellas, me he sentido irremediablemente extraño y he experimentado una necesidad ineludible de soledad...”

Él sabía que era inteligente pero en sus estudios era francamente malo; en el politécnico de Zurich había terminado en cuarto lugar de un grupo de cinco alumnos y la quinta alumna había reprobado. El profesor Minkowski lo había comparado con un “perro holgazán”, el profesor Pernot le había recriminado oficialmente sus inasistencias y su asesor, el profesor Weber, le negó el puesto de asistente debido a varias discusiones donde habían llegado a insultarse. Envió solicitudes para puestos de enseñanza en Alemania, Holanda e Italia; tomó el puesto de maestro substituto en Winterthur; dió clases en una escuela privada en Schaffhausen; mandó una tesis doctoral a la Universidad de Zurich pero nada funcionó, de todos lados lo rechazaban. En el politécnico se hizo novio de la alumna que reprobó, Mileva, al terminar sus estudios quiso casarse con ella pero sus padres se opusieron rotundamente. Tuvo que aceptar un “empleo de zapatero” en una oficina de patentes porque Mileva estaba embarazada. Nació su primera hija llamada Liesel y sólo en el lecho de muerte el padre de Mileva aceptó que se casaran; ningún familiar asistió a la boda, no consiguieron dinero para la luna de miel y tuvieron que dar a su hija en adopción. Para colmo, un año después de la boda tuvieron otro hijo. Así, al llegar a 1905 la vida de este joven era un total desastre.

Ahora es sencillo diagnosticar los problemas de este muchacho: era mediocre, le faltaba capacidad de negociación, no era asertivo, no tenía inteligencia emocional, no desarrollaba sus habilidades de liderazgo y no se esforzaba por ser una persona de excelencia. Para resumir sin tecnisismos, en palabras mi abuela, este joven Albert no era más que un haragán. ¿Cómo es posible que este haragán irrespetuoso e irresponsable fuera nombrado la persona del siglo?

Todo comenzó hace cien años, en su año milagroso. A pesar de las apariencias Albert no era flojo ni indisciplinado, todos los días se reunía con sus amigos para tocar el violín y discutir problemas literarios, filosóficos, físicos y matemáticos. Por ejemplo, un poco resentido les explicó con sus amigos que A(éxito) = X(trabajo) + Y(juego) + Z(callar la boca); aunque años después escribió que “mientras no usen argumentos violentos, deseo que todo el mundo pueda decir lo que quiera, porque yo mismo he dicho siempre lo que me ha venido en gana”. Además admiraba a Marie Curie la última ganadora del Nobel y leía todos sus trabajos. Seguía de cerca las incomprendidas investigaciones de Wien, Maxwell, Boltzmann, Mach, Lenard, Lorentz y Planck. Ya había logrado publicar unos pocos artículos en la revista Anales de Física sobre el calor, las moléculas y el movimiento. Y cada día, sin excepción, se esforzaba por contestar preguntas como ésta: ¿qué vería yo si viajara sentado sobre una onda de luz? -¡El colmo de la haraganería!- diría mi abuela.

Tal vez era el colmo, tal vez la actividad más fructífera para la humanidad. El caso es que las lecturas y las discusiones con sus amigos iban llenando de ideas la mente de Albert. Leían a Hume con sus críticas a las causas y a los efectos, a Mach con su escepticismo sobre los absolutos en el tiempo y el espacio, a Poincaré con sus nuevas ideas sobre la Ciencia, las hipótesis y la simultaneidad. De este modo Albert había encontrado algunas respuestas y en 1905 se dispuso a compartirlas con quien quisiera escucharlo. En marzo envió a Anales de Física un artículo con su punto de vista sobre posibles paquetes de luz, en abril otro sobre los tamaños de moléculas dulces, en mayo uno más sobre movimientos impredecibles del polen flotando en agua, en junio otro muy extraño que relacionaba la luz, el movimiento, el tiempo y la energía. Este artículo le agradó tanto que en septiembre le añadió un suplemento de tres páginas con una barbaridad que nadie entiende pero cuyo poder enmudeció al mundo, E=mc^2, en esas tres páginas aseguró que la energía puede convertirse en materia y la materia en energía. Finalmente, volvió a estudiar el baile de San Vito del polen y en diciembre terminó un artículo sobre la Teoría del movimiento Browniano. Después de estos cinco artículos la vida de Albert Einstein, y del resto de los seres humanos, cambió. ¿Pero qué había en estos artículos que fuera capaz de transformar, al igual que la masa en energía, al haragán irrespetuoso en el hijo predilecto de la Física?

Einstein escribió: “Cualquiera que haya tratado alguna vez de exponer un tema científico a un público no especializado sabe lo difícil que es hacerlo. O logra hacerse ininteligible al ocultar la esencia del problema y ofrece al lector aspectos superficiales y alusiones vagas, engañándole así, al hacerle creer que comprende; o bien le da una experta explicación del problema, de tal índole que el lector que no tiene especial preparación es incapaz de comprender la exposición y pierde las ganas de leer.” El público especializado tardó un poco en aceptar los artículos pero pronto fue evidente que sentaban las bases para dos nuevas rutas de comprensión del Universo, la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica; por si esto fuera poco los artículos también resultaron influyentes para la Teoría de la composición atómica del Universo, la Teoría del Campo Unificado, la Teoría del Caos y otras. El público no especializado tuvo que esperar a que espíritus afines a Einstein comprendieran y explicaran sus investigaciones. Años después Bertrand Russell publicó su ABC de la Relatividad y Lincoln Barnett escribió sobre El Universo y el Doctor Einstein. Por mi parte me atreveré a dar una vaga alusión, terriblemente simplista pero creo que útil como explicación para, digamos, mi abuela: el espacio y el tiempo están tan estrechamente ligados que no tienen sentido uno sin el otro y, ambos, dependen del lugar desde donde estemos midiendo; por ende el Universo mismo depende del punto de observación. Nadie había llegado a esta conclusión porque, para los tamaños y velocidades del Universo, todos los humanos compartimos, más o menos, el mismo punto de observación; pero si pudiéramos cambiarlo, viajando por ejemplo a altísimas velocidades, el tiempo y el espacio se comportarían distinto a lo que siempre hemos visto. Conforme se acelera hasta alcanzar la velocidad de la luz, el espacio se contrae, el tiempo se alenta y la masa de cualquier cuerpo aumenta, de manera que lo único que puede viajar a la velocidad de la luz, es la luz. Por esta razón el significado de aquí y ahora depende de la velocidad del observador y la regla para medir el Universo es la luz.

Que todo esto suena a puras fantasías salidas de la ociosidad, pues claro. Son vagas alusiones salidas de mi tiempo libre, escritas con el fin de estimular la curiosidad y la imaginación de quien quiera leerlas. Pero los trabajos de Einstein no son sólo fantasiosos e imaginativos, también son lógicos y rigurosos. Él mismo señaló: “Hay que concederle al teórico el derecho a la imaginación, pues ningún otro camino puede conducirle hasta su objetivo. Pero no se trata, de ninguna manera, de imaginar sin someterse a plan alguno, sino de buscar con la imaginación las posibilidades lógicamente más simples y sus consecuencias correspondientes. Sólo quien lo ha vivido sabe lo que son años enteros presintiendo y buscando en la oscuridad, con un anhelo tenso; las alternativas de firme esperanza y de desfallecimiento, hasta que, finalmente, se hace la claridad.”

Todo lo anterior suena enigmático e interesante pero parece poco relevante para, digamos, mi abuela. Nada de eso. Las investigaciones de Einstein tienen más repercusión en nuestras vidas de lo que imaginamos, por ejemplo, su primer artículo además de dar a luz a la Mecánica Cuántica también resultó crucial para el nacimiento de las celdas fotoeléctricas, es decir, para el nacimiento de la televisión. Debido a la influencia y especialización de sus trabajos ahora existen muchísimas obras serias que los explican de manera sencilla y amena. Por ejemplo, cuando Einstein fue nombrado como La Persona del Siglo XX, el físico más famoso de nuestros tiempos, Stephen Hawking, escribió Una breve historia de la Relatividad para la revista Time. De hecho, el año 2005 fue nombrado por Naciones Unidas como el año internacional de la Física para celebrar, y difundir, el centenario del Año Milagroso de Einstein.

Por supuesto que Einstein siguió cometiendo errores después de su año milagroso, su matrimonio fracasó, siguió teniendo problemas con la autoridad y continuó estudiando problemas fantásticos. En cuanto a sus investigaciones, dedicó los siguientes años de su vida a formular la Teoría General de la Relatividad y proponer la Teoría del Campo Unificado. Pero su nombramiento como Persona del Siglo no tuvo que ver sólo con sus contribuciones científicas, aún más importante fue su coraje para defender causas que él consideraba correctas en tiempos adversos. Al iniciar la primera guerra mundial publicó un manifiesto condenando la guerra, con lo que se ganó la enemistad de muchos colegas alemanes. En la posguerra unió esfuerzos con Marie Curie para reestablecer los grupos internacionales de cooperación científica, obviamente sus esfuerzos fracasaron. En la Alemania Nazi se opuso al gobierno, apoyó la causa judía y publicó junto con Freud otro manifiesto pacifista titulado ¿Por qué la guerra? Sobra decir que debido a estas acciones “políticamente incorrectas” tuvo que huir a los Estados Unidos. Promovió la creación de un frente común para detener a Hitler, subastó la versión escrita a mano de su artículo de junio de 1905 para contribuir con 6 millones de dólares al fondo de los Aliados y, cuando se enteró que los nazis investigaban la posibilidad de construir bombas atómicas, le escribió a Roosevelt urgiéndolo a financiar investigaciones semejantes: “Me daba perfecta cuenta del terrible peligro que representaba para la humanidad el éxito de la empresa. Pero la posibilidad de que los alemanes trabajasen en el mismo problema y con probabilidades de éxito me obligó a dar aquél paso.” Cabe señalar que el gobierno de EU no quiso que Einstein participara en la elaboración de la bomba atómica porque lo consideraban “subersivo”. Apoyó la creación del Estado de Israel, especialmente la fundación de su Universidad, pero advirtió que “la piedra de toque para juzgar al nuevo Estado será su actitud con los árabes.” Siete días antes de morir firmó su última carta dirigida a su amigo Bertrand Russell, donde condenaba las pruebas nucleares y apoyaba el desarme de las superpotencias. Para resumir, en palabras de mi abuela, este Albert Einstein no era tan haragán, fue una persona muy inteligente pero sobre todo, fue una buena persona que aprendió de sus errores y tuvo el valor de defender sus ideales.


Cualquier tonto medianamente inteligente puede hacer las cosas más grandes, más complejas y más violentas. Se requiere de un toque de genialidad -y de mucho valor- para moverse en la dirección opuesta. -Albert Einstein.

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