“La FIFA cuenta con más de 205 países miembros.
Tiene más miembros que Naciones Unidas”
-Kevin Payne, presidente del DC United
Tiene más miembros que Naciones Unidas”
-Kevin Payne, presidente del DC United
Pocas veces la industria cinematográfica ha errado tanto en el título de una película como en el caso de Bend it like Beckham. Primero porque la frase “Bend it” se refiere al arte de enchuecar la trayectoria del balón en pleno vuelo, y cualquier conocedor de fútbol sabe que el nombre técnico de este efecto es El Chanfle. El título entonces debería ser Chanfléala como Beckham (o en inglés, por ser su lengua materna, Chanfle it like Beckham). Pero esta precisión hace evidente el segundo problema, porque todos los mexicanos sabemos que el amo y maestro del chanfle es Chespirito (aunque algunos reconocen también a un señor llamado Edson Arantes do Nascimento). Así pues, los dos títulos técnicamente correctos son Chanfle it like Chespirito, o en su caso, Chanfle it like the King Pelé. Pero uno comprende que, por ser menos versados que nosotros en fútbol histórico, los británicos no podrían comprender los títulos correctos de su propia película.
Con cualquier nombre que se le de, es de llamar la atención que el arte de chanflear el balón ocupa un lugar privilegiado en las películas de alta calidad. No es para menos, a pesar de saberlo posible y de haberlo visto varias veces, uno no puede dejar de maravillarse cuando un jugador logra meter un gol curveando el balón en el aire. Los físicos ya han logrado explicar esta maravilla futbolera pero como no conocen el término correcto le llaman Efecto Magnus. El truco consiste en jugar no sólo con la pelota, sino también con el aire.
El aire, por ser un fluido, se comporta de la misma manera que el agua. Los antiguos griegos dirían que la única diferencia es que el aire es más ‘ligero’, ahora decimos que es menos denso. Cuando los pájaros vuelan realmente están ‘nadando’ en el aire, en cambio los aviones hacen ‘ski aéreo’ y, los balones de fútbol… bueno, digamos que no están diseñados para volar por mucho tiempo, por eso su travesía aérea depende de la habilidad del jugador para dar patadas. En una página red de entrenadores europeos se asegura que “existe una amplia gama de habilidades que forman las bases del soccer pero solamente una es sujeto de detallados análisis biomecánicos: dar patadas es sin lugar a dudas la habilidad más estudiada en este deporte”. Gracias a estos ‘detallados análisis biomecánicos’ los jugadores europeos ahora ejecutan un arte que los jugadores del resto del mundo dominan por instinto, y por eso ahora Beckham puede chanflear el balón como Chespirito.
El secreto de dar patadas consiste en hacer girar la pelota de manera que se aproveche el comportamiento del aire. Si se patea el balón en seco, sin hacerlo girar, éste avanza contra una pared de aire que frena su vuelo: la pelota viaja onduleando, zigzagueando, la velocidad y distancia del tiro dependen de la fuerza bruta de la patada, y la precisión no será muy buena. En cambio las patadas que hacen girar al balón, para que corte el aire de manera adecuada, logran tiros increíbles. Para dar un buen pase, donde el balón vuele rápidamente y se frene justo enfrente del compañero, el jugador tiene que patear el balón ligeramente debajo del centro; con esto se imprime cierta velocidad y giro de manera que la capa de aire que rodea la pelota se vuelve turbulenta; conforme la velocidad disminuye llega el momento exacto en que la turbulencia desaparece y el flujo del aire se vuelve suave. En este preciso instante el flujo de aire aumenta en más del doble el ‘arrastre’ del balón, literalmente lo ‘jala’ hacia atrás frenando espectacularmente su vuelo. Uno puede sentir el mismo aumento de arrastre en un avión ligero, cuando el piloto reduce la velocidad para preparar el aterrizaje. Pues bien, para lograr un gol usando el afamado chanfle, el jugador debe patear el balón ligeramente de lado para hacerlo girar en el aire como un trompo. Con este giro el flujo del aire se mueve más rápido por un lado que por el otro. Del lado de la pelota donde el aire fluye más rápido la presión disminuye, del otro lado aumenta. Este juego de presiones, conocido como el Principio de Bernoulli, empuja hacia un lado al balón en pleno vuelo. Si a este empuje ladeador le sumamos el jalón provocado por la desaparición de la turbulencia en el flujo del aire, obtenemos el Efecto Magnus.
Como podemos imaginar, los grandes jugadores como Chespirito, Beckham y Pelé dedicaron muchas horas de entrenamiento para dominar el Efecto Magnus. Mientras tanto los grandes porteros, como Jorge Campos, se entrenaron para anticiparlo. El resultado del entrenamiento es que los buenos jugadores de fútbol comprenden intuitivamente los principios de la Física mucho mejor de lo que ellos mismos suponen. Y es que el chanfle es sólo uno de tantos otros principios físicos que se pueden observar en el campo de juego, pero sin lugar a dudas el Efecto Magnus es el más interesante porque hermana al fútbol con otro deporte favorito de los seres humanos: la Guerra.
Gustav Magnus era un físico alemán interesado en la costumbre nacional de hacer la guerra. A finales del siglo 19 las balas eran redondas, casi completamente esféricas, y a menudo no lograban matar a la gente. Éste hecho entristecía mucho a los alemanes, por lo que lo convirtieron en el principal tema de estudio de la balística. En 1852 Gustav se dio cuenta de que, debido a minúsculas imperfecciones en los cañones, las balas salían disparadas girando hacia algún lado, el giro chanfleaba el disparo y fallaban el blanco. En 1904 otro físico llamado Prandtl introdujo el concepto de ‘capas de aire’ que rodean a las balas. Los británicos se dieron cuenta de que el problema de las balas y los balones era idéntico, así que se dedicaron a investigar con pelotas de golf, tenis y fútbol. En 1910, después de aventar muchas pelotas, Sir JJ Thomson logró explicar claramente el problema cuando dijo “el balón sigue a su nariz” (para esto de la Física los ingleses siempre han tenido buen olfato). Lo que sucede es que la diferencia de presiones en el aire (el Principio Bernoulli) abomba o pandea los balones, y su trayectoria cambia en la misma dirección hacia donde se pandean (el Efecto Magnus). La solución entonces resultó muy sencilla: había que fabricar las balas con nariz integrada. El toque final se vino a dar cuando los estudiosos de la balística se dieron cuenta de que si la bala gira sobre el eje que pasa por su nariz, la bala rompe mejor el aire, se desvía menos de su trayectoria y logra matar al incauto que se le pone enfrente. Desde entonces las balas dejaron de tener forma esférica y se convirtieron en cilindros narizones, desde entonces los cañones de las pistolas se construyen de manera que hagan girar a las balas sobre el eje de su nariz, y desde entonces los gringos juegan football con un balón narizón y lo lanzan haciéndolo girar sobre ese mismo eje. El Efecto Magnus es el linaje hereditario que hace hermanos al fútbol, la balística y el football gringo.
Además de compartir los mismos principios, el fútbol y la guerra también comparten las mismas prácticas. Frank Foer publicó hace dos años un libro llamado How soccer explains the World: An unlikey Theory of Globalization. Este libro es otro buen ejemplo de un título futbolero muy mal puesto, un nombre más adecuado sería ¿Por qué los gringos no entienden que el foot-ball se juega con los pies? Pero podemos perdonar a Foer porque su libro no es una joya literaria pero sí muestra las estrechas relaciones entre el fútbol y la ambición humana. Los capítulos discurren entre las ‘limpiezas étnicas’ de serbios y croatas en la ex-Yugoslavia, el odio entre protestantes y católicos en Irlanda, la supuesta ‘inferioridad racial’ de los judíos en Austria antes de la segunda guerra mundial, el ‘sentimentalismo’ de los hooligans ingleses, la corrupción en Brasil, el racismo nacionalista en Ucrania, el surgimiento de Berlusconi en Italia, el discreto ‘encanto’ de la burguesía nacionalista de Barcelona, el fundamentalismo islámico en Irán y las nuevas guerras ‘culturales’ de los gringos.
Todos los capítulos son interesantes y todos terminan vaciando una pequeña parte del corazón. Para muestra, basta un botón. El primer capítulo relata la historia del equipo Red Star de Serbia y de su mejor porrista apodado Arkan. La historia del Red Star comienza con el fin de la segunda guerra mundial, aunque el origen del odio entre serbios y croatas se pierde atrás en el tiempo. Al final de la guerra los soviéticos tomaron el control de la zona, el Mariscal Tito del ejército comunista se convirtió en el gobernante de Yugoslavia y puso un alto a los conflictos étnicos. El método de pacificación fue sencillo: declaró ilegales los sentimientos nacionalistas y sus militares (apodados los partisanos) se dedicaron a cazar a los miembros del ejército serbio, suprimieron la iglesia ortodoxa y reorganizaron la vida civil. En la reorganización el ejército se convirtió en el patrocinador de un equipo de fútbol llamado Partizan Belgrad y la policía local serbia patrocinó al Red Star. Uno de los pocos lugares donde se podían gritar consignas en apoyo de la ‘nación serbia’ fue el estadio de fútbol de este último equipo. Poco a poco los nacionalistas fueron ‘instruyendo’ a los jóvenes fanáticos de fútbol hasta que comenzaron a portar, en claro desafío a las órdenes soviéticas, imágenes de santos ortodoxos y símbolos ‘étnicos’ serbios, y entre sus porras incluyeron el grito “Serbia, no Yugoslavia”. Varios integrantes del partido comunista serbio se dedicaron a promover el nacionalismo como forma de llegar al poder, hasta que a mediados de los 80, después de la muerte de Tito, lograron que su líder se convirtiera en el jefe del partido comunista. El tiempo de Slobodan Milosevic había llegado. La política cambió radicalmente y los discursos separatistas ocuparon el primer lugar, la televisión local se dedicó a transmitir documentales sobre los crímenes de guerra cometidos por los croatas contra los serbios (mientras tanto, como era de esperarse, en Croacia se transmitían los crímenes de guerra cometidos por los serbios). Milosevic sabía que los incendiarios sentimientos ‘étnicos’ eran poco predecibles, necesitaba alguien que controlara sus bandas de hooligans nacionalistas. Así fue como Arkan llegó al Red Star. Y pocos años después todos ellos, Milosevic, Arkan, el Red Star, los serbios y los croatas se volverían mundialmente famosos.
Zelko Raznatovic, alias Arkan, fue hijo de un oficial del ejército de Tito. Su padre, ferviente creyente de la disciplina, lo educó al mejor estilo militar. Lógicamente Arkan salió huyendo a Italia y gracias a las buenas enseñanzas de su padre supo obedecer órdenes de mafiosos de segunda. Pero la disciplina habría de rendir frutos y pronto sus crímenes alcanzaron renombre internacional. Cuando las policías de varios países de Europa occidental (Italia, Bélgica, Holanda, Alemania y Suecia) lo buscaban, Arkan decidió regresar a su hogar, dulce hogar. En Yugoslavia el gobierno comunista contrataba criminales para asesinar a los exiliados disidentes y, Arkan conocía toda Europa y sabía como evadir a la policía (finalmente había encontrado su verdadera vocación). Su padre hubiera estado orgulloso de él, escaló rápidamente en la organización militar y cuando Milosevic necesitó de alguien para controlar a los hooligans nacionalistas no hubo mejor opción. Aún mas, los tiempos se habían vuelto propicios, la Unión Soviética se colapsaba y la nueva política del gobierno yugoslavo se basaría en la vieja máxima divide y vencerás. En 1989 Arkan negoció treguas entre las bandas de hooligans, los disciplinó y comenzó a entrenarlos. En menos de un año estuvieron listos (y luego la gente dice que la disciplina no sirve para nada).
El ‘clásico’ Red Star de Serbia contra el Dinamo Zagreb de Croacia comenzó. Los croatas acababan de elegir a Franjo Tudjman (presidente del equipo Partizan Belgrad y del partido ultranacionalista). Sus hooligans llevaban los símbolos de los Ustache, croatas que habían colaborado con los Nacional Socialistas (NaZis) alemanes para derrotar y ‘gasificar’ a los serbios. Los hooligans de Arkan viajaron a Croacia y durante el partido comenzaron a gritar “mataremos a Tudjman”. Los croatas respondieron con piedras, las rejas desaparecieron, las armas salieron de los bolsillos y la policía tuvo que usar helicópteros para sacar a los jugadores del estadio. Arkan y sus muchachos habían superado la prueba. Poco después Croacia y Eslovenia declararon su independencia. Cualquiera pensaría que viviendo separados se terminarían los problemas. Pero el odio ‘racial’ no busca la separación, busca la aniquilación de la otra ‘etnia’. Peor aún, detrás de todos conflictos étnicos hay una sola razón: la ambición. Milosevic quería deshacerse de los croatas, no de sus territorios, por lo que la ‘República Serbo-Bosnia’ le declaró la guerra a los independentistas y se dispuso a ‘limpiar’ sus tierras. Milosevic no contaba con un ejército formal pero no lo necesitaba, las bandas de hooligans de Arkan estaban listas para formar grupos paramilitares. En 1991 comenzaron su ofensiva, sus órdenes eran simples, hostigar y aterrorizar a musulmanes y croatas para obligarlos a huir a otros países, a cambio podían quedarse con sus posesiones. La intervención de Naciones Unidas fue poco efectiva. Foer cita al capitán del equipo Red Star cuando declaró a un periódico que muchos de sus leales fanáticos estaban “escribiendo las páginas más finas de la historia de Serbia”. Las ‘finas hazañas’ de los hooligans comenzaron a difundirse, en una fotografía Arkan se para sobre el cadáver de un civil musulmán para saludar con un beso al ‘Presidente de la República Serbo-Bosnia’. Pronto esas finas hazañas hicieron de Arkan un héroe en su propia tierra. Para 1994 era tan rico y famoso que tomó en matrimonio a la cantante pop del momento. En 1995 los croatas lograron reorganizarse, lanzaron el contrataque y la ciudad de Sarajevo se volvió mundialmente famosa. Esta vez las órdenes de Arkan y sus ‘tigres’ fueron aún más sencillas, para cuando la guerra terminó los hooligans paramilitares habían asesinado a más de 2 mil personas. Arkan, ahora más rico y famoso, formó su propio equipo de fútbol Obilic y, gracias a sus hooligans lo llevó a la Liga Europea de Campeones. Pero las grandes ligas son las grandes ligas. Los hooligans de Arkan no pudieron hacer nada contra las grandes mafias europeas. En el 2000 Arkan fue asesinado en el lobby de su hotel favorito. Los tiempos cambiaron, ya sin musulmanes ni croatas a quienes odiar, el nacionalismo de los hooligans se volvió contra Milosevic. Los fanáticos con las camisetas del Red Star formaron barricadas. Finalmente las Naciones Unidas detuvieron a Milosevic y lo llevaron a la corte internacional de La Haya acusado de genocidio. La esposa de Arkan se convirtió en la nueva líder de los hooligans y organizó conciertos en honor de ‘el comandante Arkan’. Pero la rueda de los cambios había comenzado a girar, la mujer del comandante fue acusada de corrupción y acabó en la cárcel. Cualquiera pensaría que la historia termina aquí pero las bandas de hooligans siguen vagando por ahí y, el nacionalismo serbio sigue vivo en cada calle. Hace algunos años Slobodan Milosevic murió en La Haya, su familia pidió permiso de enterrarlo en territorio de la ex-Yugoslavia, el funeral se llevó a cabo entre llantos de los fans de Milosevic y gritos de protestas en su contra.
Como ya podemos imaginar, hay dos palabras que se repiten una y otra vez en el libro de Foer: fútbol y nacionalismo. Por alguna extraña razón este deporte crea un sano orgullo nacional (hay que ponernos ‘la verde’), cosa que ayuda a crear inmensas fortunas y a formar grupos de fanáticos, lo cual no es malo y además sugiere una explicación de por qué la FIFA cuenta con más países miembros que las Naciones Unidas. El problema viene después, porque la línea que divide el sano orgullo nacional del desprecio hacia las otras naciones es muy, pero muy, delgada, y una vez que uno la cruza es difícil dar marcha atrás.
Platicando sobre estos temas, una amiga me dijo que no hay razones para preocuparse, que ella fue voluntaria en el Mundial de Francia y que nunca en su vida había visto a tantas personas de tantos países llevándose tan bien. Pero a pesar de estas experiencias de camaradería internacional, los germanos discutieron en su cámara de representantes la propuesta de usar al ejército para garantizar la seguridad en los partidos del Mundial en Alemania. Dos razones principales se esgrimieron para usar al ejército: el gastado pretexto del terrorismo de los fundamentalistas musulmanes y la amenaza de los hooligans polacos (quienes no son más peligrosos que los de otros países pero sí tienen cuentas ‘históricas’ que cobrarles a los hooligans alemanes). Y es que, en general, Europa dejó de vivir sus mejores tiempos. El desempleo sube cada día más. Los conservadores europeos publican caricaturas burlándose del símbolo más sagrado del Islam y los fundamentalistas musulmanes responden con bombas molotov en las embajadas europeas. Los partidos de ultra derecha ganan las elecciones, etcétera. Por eso el gobierno alemán, versado en el fútbol y la guerra, suponía buenas probabilidades de observar el Efecto Magnus dentro y fuera de las canchas. Pero, finalmente, mi amiga tuvo razón, a pesar de todos los problemas europeos, de todas las políticas y discursos incendiarios, la gente no vió el Mundial como un lugar para cobrar históricas afrentas nacionales. Por fortuna, el millonario negocio del fútbol no depende de los políticos, depende de la gente normal que ve a la Copa Mundial como una fiesta entre naciones, organizada para celebrar el deporte más querido y practicado en todo el mundo.
Con cualquier nombre que se le de, es de llamar la atención que el arte de chanflear el balón ocupa un lugar privilegiado en las películas de alta calidad. No es para menos, a pesar de saberlo posible y de haberlo visto varias veces, uno no puede dejar de maravillarse cuando un jugador logra meter un gol curveando el balón en el aire. Los físicos ya han logrado explicar esta maravilla futbolera pero como no conocen el término correcto le llaman Efecto Magnus. El truco consiste en jugar no sólo con la pelota, sino también con el aire.
El aire, por ser un fluido, se comporta de la misma manera que el agua. Los antiguos griegos dirían que la única diferencia es que el aire es más ‘ligero’, ahora decimos que es menos denso. Cuando los pájaros vuelan realmente están ‘nadando’ en el aire, en cambio los aviones hacen ‘ski aéreo’ y, los balones de fútbol… bueno, digamos que no están diseñados para volar por mucho tiempo, por eso su travesía aérea depende de la habilidad del jugador para dar patadas. En una página red de entrenadores europeos se asegura que “existe una amplia gama de habilidades que forman las bases del soccer pero solamente una es sujeto de detallados análisis biomecánicos: dar patadas es sin lugar a dudas la habilidad más estudiada en este deporte”. Gracias a estos ‘detallados análisis biomecánicos’ los jugadores europeos ahora ejecutan un arte que los jugadores del resto del mundo dominan por instinto, y por eso ahora Beckham puede chanflear el balón como Chespirito.
El secreto de dar patadas consiste en hacer girar la pelota de manera que se aproveche el comportamiento del aire. Si se patea el balón en seco, sin hacerlo girar, éste avanza contra una pared de aire que frena su vuelo: la pelota viaja onduleando, zigzagueando, la velocidad y distancia del tiro dependen de la fuerza bruta de la patada, y la precisión no será muy buena. En cambio las patadas que hacen girar al balón, para que corte el aire de manera adecuada, logran tiros increíbles. Para dar un buen pase, donde el balón vuele rápidamente y se frene justo enfrente del compañero, el jugador tiene que patear el balón ligeramente debajo del centro; con esto se imprime cierta velocidad y giro de manera que la capa de aire que rodea la pelota se vuelve turbulenta; conforme la velocidad disminuye llega el momento exacto en que la turbulencia desaparece y el flujo del aire se vuelve suave. En este preciso instante el flujo de aire aumenta en más del doble el ‘arrastre’ del balón, literalmente lo ‘jala’ hacia atrás frenando espectacularmente su vuelo. Uno puede sentir el mismo aumento de arrastre en un avión ligero, cuando el piloto reduce la velocidad para preparar el aterrizaje. Pues bien, para lograr un gol usando el afamado chanfle, el jugador debe patear el balón ligeramente de lado para hacerlo girar en el aire como un trompo. Con este giro el flujo del aire se mueve más rápido por un lado que por el otro. Del lado de la pelota donde el aire fluye más rápido la presión disminuye, del otro lado aumenta. Este juego de presiones, conocido como el Principio de Bernoulli, empuja hacia un lado al balón en pleno vuelo. Si a este empuje ladeador le sumamos el jalón provocado por la desaparición de la turbulencia en el flujo del aire, obtenemos el Efecto Magnus.
Como podemos imaginar, los grandes jugadores como Chespirito, Beckham y Pelé dedicaron muchas horas de entrenamiento para dominar el Efecto Magnus. Mientras tanto los grandes porteros, como Jorge Campos, se entrenaron para anticiparlo. El resultado del entrenamiento es que los buenos jugadores de fútbol comprenden intuitivamente los principios de la Física mucho mejor de lo que ellos mismos suponen. Y es que el chanfle es sólo uno de tantos otros principios físicos que se pueden observar en el campo de juego, pero sin lugar a dudas el Efecto Magnus es el más interesante porque hermana al fútbol con otro deporte favorito de los seres humanos: la Guerra.
Gustav Magnus era un físico alemán interesado en la costumbre nacional de hacer la guerra. A finales del siglo 19 las balas eran redondas, casi completamente esféricas, y a menudo no lograban matar a la gente. Éste hecho entristecía mucho a los alemanes, por lo que lo convirtieron en el principal tema de estudio de la balística. En 1852 Gustav se dio cuenta de que, debido a minúsculas imperfecciones en los cañones, las balas salían disparadas girando hacia algún lado, el giro chanfleaba el disparo y fallaban el blanco. En 1904 otro físico llamado Prandtl introdujo el concepto de ‘capas de aire’ que rodean a las balas. Los británicos se dieron cuenta de que el problema de las balas y los balones era idéntico, así que se dedicaron a investigar con pelotas de golf, tenis y fútbol. En 1910, después de aventar muchas pelotas, Sir JJ Thomson logró explicar claramente el problema cuando dijo “el balón sigue a su nariz” (para esto de la Física los ingleses siempre han tenido buen olfato). Lo que sucede es que la diferencia de presiones en el aire (el Principio Bernoulli) abomba o pandea los balones, y su trayectoria cambia en la misma dirección hacia donde se pandean (el Efecto Magnus). La solución entonces resultó muy sencilla: había que fabricar las balas con nariz integrada. El toque final se vino a dar cuando los estudiosos de la balística se dieron cuenta de que si la bala gira sobre el eje que pasa por su nariz, la bala rompe mejor el aire, se desvía menos de su trayectoria y logra matar al incauto que se le pone enfrente. Desde entonces las balas dejaron de tener forma esférica y se convirtieron en cilindros narizones, desde entonces los cañones de las pistolas se construyen de manera que hagan girar a las balas sobre el eje de su nariz, y desde entonces los gringos juegan football con un balón narizón y lo lanzan haciéndolo girar sobre ese mismo eje. El Efecto Magnus es el linaje hereditario que hace hermanos al fútbol, la balística y el football gringo.
Además de compartir los mismos principios, el fútbol y la guerra también comparten las mismas prácticas. Frank Foer publicó hace dos años un libro llamado How soccer explains the World: An unlikey Theory of Globalization. Este libro es otro buen ejemplo de un título futbolero muy mal puesto, un nombre más adecuado sería ¿Por qué los gringos no entienden que el foot-ball se juega con los pies? Pero podemos perdonar a Foer porque su libro no es una joya literaria pero sí muestra las estrechas relaciones entre el fútbol y la ambición humana. Los capítulos discurren entre las ‘limpiezas étnicas’ de serbios y croatas en la ex-Yugoslavia, el odio entre protestantes y católicos en Irlanda, la supuesta ‘inferioridad racial’ de los judíos en Austria antes de la segunda guerra mundial, el ‘sentimentalismo’ de los hooligans ingleses, la corrupción en Brasil, el racismo nacionalista en Ucrania, el surgimiento de Berlusconi en Italia, el discreto ‘encanto’ de la burguesía nacionalista de Barcelona, el fundamentalismo islámico en Irán y las nuevas guerras ‘culturales’ de los gringos.
Todos los capítulos son interesantes y todos terminan vaciando una pequeña parte del corazón. Para muestra, basta un botón. El primer capítulo relata la historia del equipo Red Star de Serbia y de su mejor porrista apodado Arkan. La historia del Red Star comienza con el fin de la segunda guerra mundial, aunque el origen del odio entre serbios y croatas se pierde atrás en el tiempo. Al final de la guerra los soviéticos tomaron el control de la zona, el Mariscal Tito del ejército comunista se convirtió en el gobernante de Yugoslavia y puso un alto a los conflictos étnicos. El método de pacificación fue sencillo: declaró ilegales los sentimientos nacionalistas y sus militares (apodados los partisanos) se dedicaron a cazar a los miembros del ejército serbio, suprimieron la iglesia ortodoxa y reorganizaron la vida civil. En la reorganización el ejército se convirtió en el patrocinador de un equipo de fútbol llamado Partizan Belgrad y la policía local serbia patrocinó al Red Star. Uno de los pocos lugares donde se podían gritar consignas en apoyo de la ‘nación serbia’ fue el estadio de fútbol de este último equipo. Poco a poco los nacionalistas fueron ‘instruyendo’ a los jóvenes fanáticos de fútbol hasta que comenzaron a portar, en claro desafío a las órdenes soviéticas, imágenes de santos ortodoxos y símbolos ‘étnicos’ serbios, y entre sus porras incluyeron el grito “Serbia, no Yugoslavia”. Varios integrantes del partido comunista serbio se dedicaron a promover el nacionalismo como forma de llegar al poder, hasta que a mediados de los 80, después de la muerte de Tito, lograron que su líder se convirtiera en el jefe del partido comunista. El tiempo de Slobodan Milosevic había llegado. La política cambió radicalmente y los discursos separatistas ocuparon el primer lugar, la televisión local se dedicó a transmitir documentales sobre los crímenes de guerra cometidos por los croatas contra los serbios (mientras tanto, como era de esperarse, en Croacia se transmitían los crímenes de guerra cometidos por los serbios). Milosevic sabía que los incendiarios sentimientos ‘étnicos’ eran poco predecibles, necesitaba alguien que controlara sus bandas de hooligans nacionalistas. Así fue como Arkan llegó al Red Star. Y pocos años después todos ellos, Milosevic, Arkan, el Red Star, los serbios y los croatas se volverían mundialmente famosos.
Zelko Raznatovic, alias Arkan, fue hijo de un oficial del ejército de Tito. Su padre, ferviente creyente de la disciplina, lo educó al mejor estilo militar. Lógicamente Arkan salió huyendo a Italia y gracias a las buenas enseñanzas de su padre supo obedecer órdenes de mafiosos de segunda. Pero la disciplina habría de rendir frutos y pronto sus crímenes alcanzaron renombre internacional. Cuando las policías de varios países de Europa occidental (Italia, Bélgica, Holanda, Alemania y Suecia) lo buscaban, Arkan decidió regresar a su hogar, dulce hogar. En Yugoslavia el gobierno comunista contrataba criminales para asesinar a los exiliados disidentes y, Arkan conocía toda Europa y sabía como evadir a la policía (finalmente había encontrado su verdadera vocación). Su padre hubiera estado orgulloso de él, escaló rápidamente en la organización militar y cuando Milosevic necesitó de alguien para controlar a los hooligans nacionalistas no hubo mejor opción. Aún mas, los tiempos se habían vuelto propicios, la Unión Soviética se colapsaba y la nueva política del gobierno yugoslavo se basaría en la vieja máxima divide y vencerás. En 1989 Arkan negoció treguas entre las bandas de hooligans, los disciplinó y comenzó a entrenarlos. En menos de un año estuvieron listos (y luego la gente dice que la disciplina no sirve para nada).
El ‘clásico’ Red Star de Serbia contra el Dinamo Zagreb de Croacia comenzó. Los croatas acababan de elegir a Franjo Tudjman (presidente del equipo Partizan Belgrad y del partido ultranacionalista). Sus hooligans llevaban los símbolos de los Ustache, croatas que habían colaborado con los Nacional Socialistas (NaZis) alemanes para derrotar y ‘gasificar’ a los serbios. Los hooligans de Arkan viajaron a Croacia y durante el partido comenzaron a gritar “mataremos a Tudjman”. Los croatas respondieron con piedras, las rejas desaparecieron, las armas salieron de los bolsillos y la policía tuvo que usar helicópteros para sacar a los jugadores del estadio. Arkan y sus muchachos habían superado la prueba. Poco después Croacia y Eslovenia declararon su independencia. Cualquiera pensaría que viviendo separados se terminarían los problemas. Pero el odio ‘racial’ no busca la separación, busca la aniquilación de la otra ‘etnia’. Peor aún, detrás de todos conflictos étnicos hay una sola razón: la ambición. Milosevic quería deshacerse de los croatas, no de sus territorios, por lo que la ‘República Serbo-Bosnia’ le declaró la guerra a los independentistas y se dispuso a ‘limpiar’ sus tierras. Milosevic no contaba con un ejército formal pero no lo necesitaba, las bandas de hooligans de Arkan estaban listas para formar grupos paramilitares. En 1991 comenzaron su ofensiva, sus órdenes eran simples, hostigar y aterrorizar a musulmanes y croatas para obligarlos a huir a otros países, a cambio podían quedarse con sus posesiones. La intervención de Naciones Unidas fue poco efectiva. Foer cita al capitán del equipo Red Star cuando declaró a un periódico que muchos de sus leales fanáticos estaban “escribiendo las páginas más finas de la historia de Serbia”. Las ‘finas hazañas’ de los hooligans comenzaron a difundirse, en una fotografía Arkan se para sobre el cadáver de un civil musulmán para saludar con un beso al ‘Presidente de la República Serbo-Bosnia’. Pronto esas finas hazañas hicieron de Arkan un héroe en su propia tierra. Para 1994 era tan rico y famoso que tomó en matrimonio a la cantante pop del momento. En 1995 los croatas lograron reorganizarse, lanzaron el contrataque y la ciudad de Sarajevo se volvió mundialmente famosa. Esta vez las órdenes de Arkan y sus ‘tigres’ fueron aún más sencillas, para cuando la guerra terminó los hooligans paramilitares habían asesinado a más de 2 mil personas. Arkan, ahora más rico y famoso, formó su propio equipo de fútbol Obilic y, gracias a sus hooligans lo llevó a la Liga Europea de Campeones. Pero las grandes ligas son las grandes ligas. Los hooligans de Arkan no pudieron hacer nada contra las grandes mafias europeas. En el 2000 Arkan fue asesinado en el lobby de su hotel favorito. Los tiempos cambiaron, ya sin musulmanes ni croatas a quienes odiar, el nacionalismo de los hooligans se volvió contra Milosevic. Los fanáticos con las camisetas del Red Star formaron barricadas. Finalmente las Naciones Unidas detuvieron a Milosevic y lo llevaron a la corte internacional de La Haya acusado de genocidio. La esposa de Arkan se convirtió en la nueva líder de los hooligans y organizó conciertos en honor de ‘el comandante Arkan’. Pero la rueda de los cambios había comenzado a girar, la mujer del comandante fue acusada de corrupción y acabó en la cárcel. Cualquiera pensaría que la historia termina aquí pero las bandas de hooligans siguen vagando por ahí y, el nacionalismo serbio sigue vivo en cada calle. Hace algunos años Slobodan Milosevic murió en La Haya, su familia pidió permiso de enterrarlo en territorio de la ex-Yugoslavia, el funeral se llevó a cabo entre llantos de los fans de Milosevic y gritos de protestas en su contra.
Como ya podemos imaginar, hay dos palabras que se repiten una y otra vez en el libro de Foer: fútbol y nacionalismo. Por alguna extraña razón este deporte crea un sano orgullo nacional (hay que ponernos ‘la verde’), cosa que ayuda a crear inmensas fortunas y a formar grupos de fanáticos, lo cual no es malo y además sugiere una explicación de por qué la FIFA cuenta con más países miembros que las Naciones Unidas. El problema viene después, porque la línea que divide el sano orgullo nacional del desprecio hacia las otras naciones es muy, pero muy, delgada, y una vez que uno la cruza es difícil dar marcha atrás.
Platicando sobre estos temas, una amiga me dijo que no hay razones para preocuparse, que ella fue voluntaria en el Mundial de Francia y que nunca en su vida había visto a tantas personas de tantos países llevándose tan bien. Pero a pesar de estas experiencias de camaradería internacional, los germanos discutieron en su cámara de representantes la propuesta de usar al ejército para garantizar la seguridad en los partidos del Mundial en Alemania. Dos razones principales se esgrimieron para usar al ejército: el gastado pretexto del terrorismo de los fundamentalistas musulmanes y la amenaza de los hooligans polacos (quienes no son más peligrosos que los de otros países pero sí tienen cuentas ‘históricas’ que cobrarles a los hooligans alemanes). Y es que, en general, Europa dejó de vivir sus mejores tiempos. El desempleo sube cada día más. Los conservadores europeos publican caricaturas burlándose del símbolo más sagrado del Islam y los fundamentalistas musulmanes responden con bombas molotov en las embajadas europeas. Los partidos de ultra derecha ganan las elecciones, etcétera. Por eso el gobierno alemán, versado en el fútbol y la guerra, suponía buenas probabilidades de observar el Efecto Magnus dentro y fuera de las canchas. Pero, finalmente, mi amiga tuvo razón, a pesar de todos los problemas europeos, de todas las políticas y discursos incendiarios, la gente no vió el Mundial como un lugar para cobrar históricas afrentas nacionales. Por fortuna, el millonario negocio del fútbol no depende de los políticos, depende de la gente normal que ve a la Copa Mundial como una fiesta entre naciones, organizada para celebrar el deporte más querido y practicado en todo el mundo.

